domingo, marzo 21, 2010

El glaciar es un zarpado


Fui a Calafate. Estaba muy entusiasmado con la idea de ver los glaciares. Me levanté temprano, recorrí los 80 kilómetros hasta el parque y llegué ahí. En la entrada, me crucé con un familia porteña. Padre y madre, un hijo de siete u ocho años y una hija que era la persona más adolescente del mundo.

El niño tenía casi el mismo entusiasmo que yo. Pero la chica estaba muy fastidiosa. Tenía sueño, le hacía frío, el plan le parecía un embole y toda su familia le daba vergüenza. De entrada, quiso quedarse en el bar y no recorrer las pasarelas ni nada. Se sabe que en la escala evolutiva de los seres vivos está una ameba asexuada e inmediatamente después viene un adolescente. Ella era un fiel exponente.

Lo más lindo, al llegar, no fue ver los glaciares. Me encantó ver cómo cambió la cara de la pendeja, cómo miró los bloques, cómo abrió los ojos grandes, cómo abandonó la posición encorvada y cómo se quedó quieta, pasmada por tanta belleza. De frente a los hielos, respiró hondo y mandó un Naaa, el glaciar es un zarpado.

Horas después, me los encontré en el bar. Ella era otra, al menos por un rato. Su hermano y yo fuimos como esos espectadores fáciles, que son conquistados a priori por el nombre del director y por el reparto de actores. A ella nada le gustaba y quedó, quizá, más fascinada que nosotros. Tan fascinada quedó que en un momento le dijo al padre Ey, pa, qué bueno que vinimos, ¿no?

Sí, hija, buenísimo, le contestó él, con una media sonrisa, feliz por lograr un triunfo en ese partido tan difícil. Feliz por no ser para su hija, al menos durante un rato, el hombre más boludo del mundo.

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2 Comments:

Blogger Juanjo Domínguez said...

Jajaja. Me encantó. Sobre todo, el final. Es tal cual. Abrazo, vieja.

9:51 a. m.  
Anonymous Lorena said...

Jajaja. A mí también me encantó. Esa edad es, sin dudas, la más mierda de todas. Besos, Die.

1:24 p. m.  

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